De nuevo en pie a las siete de la mañana. Esta vez no pude dormir más. Quizá, mi subconsciente se sentía solidario con los miembros de la banda o albergaba un complejo de culpa horrible. Por eso, cuando cesaron los ruidos intenté cerrar los ojos con la esperanza de engañar a mi aturdido cerebro y enviarle un mensaje soporífero: ¡duerme amiguito!, ¡olvídate de estos músicos idiotas que pagan para que les torturen! No dio resultado.
Menos mal que nos íbamos de excursión a Estocolmo. Así, Óscar y yo abandonamos el campamento militar de Orebro y cogimos un tren regional a las nueve de la mañana. Y de nuevo, el calor asfixiante de los trenes suecos. Claro que esta vez con el cansancio nos quedamos dormidos como dos marmotas (¿las marmotas duermen?). Seguro que ronqué a tumba abierta porque, cuando me desperecé, una pareja de suecos me miraba con una mezcla de asco y pena. Pensarían: ¡Pobrecito, ronca como un cerdo y no se da cuenta, aunque, por otra parte, también tengo deseos de matarlo!
Tras dos horas y media de viaje, arribamos en la estación de trenes de Estocolmo. ¡Ah!, qué bellos recuerdos, qué linda ciudad, con sus canales, sus museos, sus parques rebosantes de verdor y...sus mujeres, por dios, sus mujeres. ¡Qué frescura! En fin, que dejamos las mochilas en la consigna de la estación y paseamos por la ciudad hasta la hora de comer. Entramos en un bufé oriental cuyo cartel llamó nuestra atención: "All you can eat". A Óscar le convenció en seguida, vamos pallá, dijo, y entramos.
Bueno, no estuvo mal, por nueve euros qué más se puede pedir. Tuvimos que soportar a un ejecutivo mal encarado, un tipo grandote, torpón, con aspecto mafioso, que comía como si estuviera cerca el fin de la raza humana. A dos manos, me recordaba al espíritu maligno de El viaje de Chihiro, con esa bocaza negra como un pozo sin fondo que se tragaba todo lo que le ponían por delante. ¿Por qué cortarse? Viva la libertad. ¿Quiénes somos nosotros para interrumpir un acto obsceno lleno de ruidos de aire comprimido en las tripas, babas colgantes y sudores rancios? ¡Alegría, chavales, que estamos de vacaciones!
Cuando salimos de nuevo a la calle empezó a chispear, así que buscamos refugio en un moderno bar sueco ubicado dentro de un centro comercial. Pedimos dos cervezas y nos sentamos al lado de dos mujeres hermosas. La casualidad quiso que una parejita que estaba en la mesa de al lado sintiera deseos de comunicarse con unos compatriotas. Eran madrileños: Félix y María. El chico vestía como un rockero, con una cazadora con parches de grupos heavies, pantalones de pitillo, pelo largo y zarzillos plateados en las orejas. La chica tenía un aspecto más hippie.
Félix nos contó que trabajaba como chófer de autobús en Noruega y nos confesó, entre cerveza y cerveza, que nació en el barrio de Carabanchel.
--Un barrio chungo, dije yo.
--Sí, un poco, respondió Félix, yo tenía unos colegas un poco gamberros. ¿Te suena El cadenas?
--Hombre claro, menudo elemento, respondí. En ese momento no sabía si sonreir o empezar a temblar. El llamado cadenas fue un delincuente habitual de la zona.
Cuando nos despedimos la camarera nos trajo otras dos cervezas. Le dijimos que no habíamos pedido nada, pero nos indicó que un chico con el pelo largo y pintas de jevorro nos había pagado una ración extra de zumo de cebada. Qué chaval más majo. Este hecho contradice esa actitud tan española de repelerse entre compatriotas en el extranjero. Es cierto, que cuando visitas otro país lo último que deseas es toparte con una horda de españoles gritones. Pero nunca se sabe dónde puede uno encontrar buena gente y Félix y su novia, sin duda, eran encantadores.
A las cinco y media nos reunimos con Santiago, nuestro mexicano favorito (bueno, yo sólo tengo a éste). Compramos unas cervezas y un vino verde portugués. Cogimos un tren regional y en quince minutos llegamos a su zona residencial. Un montón de bloques de cemento, grises y feos, que parecían las típicas construcciones de la antigua URSS. Sin embargo, todo lo que tienen de austeridad cambia en el interior. Son pisos acogedores, calentitos, funcionales, aunque su precio es abusivo: 680 euros al mes por una cocina, un baño diminuto y un dormitorio-salón.
Suecia provoca una sensación extraña. Es como tomarse una tónica, al principio saboreas el dulzor y al final siempre te inunda un regusto amargo: casas acogedoras, alquiler caro; barrios deprimentes, bosques con lagos llenos de patos; tías impresionantes, no te comes un rosco y como me toques te doy una hostia. Este país es una putada.





