viernes 4 de diciembre de 2009

Viaje a Orebro, Suecia V


De nuevo en pie a las siete de la mañana. Esta vez no pude dormir más. Quizá, mi subconsciente se sentía solidario con los miembros de la banda o albergaba un complejo de culpa horrible. Por eso, cuando cesaron los ruidos intenté cerrar los ojos con la esperanza de engañar a mi aturdido cerebro y enviarle un mensaje soporífero: ¡duerme amiguito!, ¡olvídate de estos músicos idiotas que pagan para que les torturen! No dio resultado.


Menos mal que nos íbamos de excursión a Estocolmo. Así, Óscar y yo abandonamos el campamento militar de Orebro y cogimos un tren regional a las nueve de la mañana. Y de nuevo, el calor asfixiante de los trenes suecos. Claro que esta vez con el cansancio nos quedamos dormidos como dos marmotas (¿las marmotas duermen?). Seguro que ronqué a tumba abierta porque, cuando me desperecé, una pareja de suecos me miraba con una mezcla de asco y pena. Pensarían: ¡Pobrecito, ronca como un cerdo y no se da cuenta, aunque, por otra parte, también tengo deseos de matarlo!


Tras dos horas y media de viaje, arribamos en la estación de trenes de Estocolmo. ¡Ah!, qué bellos recuerdos, qué linda ciudad, con sus canales, sus museos, sus parques rebosantes de verdor y...sus mujeres, por dios, sus mujeres. ¡Qué frescura! En fin, que dejamos las mochilas en la consigna de la estación y paseamos por la ciudad hasta la hora de comer. Entramos en un bufé oriental cuyo cartel llamó nuestra atención: "All you can eat". A Óscar le convenció en seguida, vamos pallá, dijo, y entramos.


Bueno, no estuvo mal, por nueve euros qué más se puede pedir. Tuvimos que soportar a un ejecutivo mal encarado, un tipo grandote, torpón, con aspecto mafioso, que comía como si estuviera cerca el fin de la raza humana. A dos manos, me recordaba al espíritu maligno de El viaje de Chihiro, con esa bocaza negra como un pozo sin fondo que se tragaba todo lo que le ponían por delante. ¿Por qué cortarse? Viva la libertad. ¿Quiénes somos nosotros para interrumpir un acto obsceno lleno de ruidos de aire comprimido en las tripas, babas colgantes y sudores rancios? ¡Alegría, chavales, que estamos de vacaciones!


Cuando salimos de nuevo a la calle empezó a chispear, así que buscamos refugio en un moderno bar sueco ubicado dentro de un centro comercial. Pedimos dos cervezas y nos sentamos al lado de dos mujeres hermosas. La casualidad quiso que una parejita que estaba en la mesa de al lado sintiera deseos de comunicarse con unos compatriotas. Eran madrileños: Félix y María. El chico vestía como un rockero, con una cazadora con parches de grupos heavies, pantalones de pitillo, pelo largo y zarzillos plateados en las orejas. La chica tenía un aspecto más hippie.


Félix nos contó que trabajaba como chófer de autobús en Noruega y nos confesó, entre cerveza y cerveza, que nació en el barrio de Carabanchel.

--Un barrio chungo, dije yo.

--Sí, un poco, respondió Félix, yo tenía unos colegas un poco gamberros. ¿Te suena El cadenas?

--Hombre claro, menudo elemento, respondí. En ese momento no sabía si sonreir o empezar a temblar. El llamado cadenas fue un delincuente habitual de la zona.


Cuando nos despedimos la camarera nos trajo otras dos cervezas. Le dijimos que no habíamos pedido nada, pero nos indicó que un chico con el pelo largo y pintas de jevorro nos había pagado una ración extra de zumo de cebada. Qué chaval más majo. Este hecho contradice esa actitud tan española de repelerse entre compatriotas en el extranjero. Es cierto, que cuando visitas otro país lo último que deseas es toparte con una horda de españoles gritones. Pero nunca se sabe dónde puede uno encontrar buena gente y Félix y su novia, sin duda, eran encantadores.


A las cinco y media nos reunimos con Santiago, nuestro mexicano favorito (bueno, yo sólo tengo a éste). Compramos unas cervezas y un vino verde portugués. Cogimos un tren regional y en quince minutos llegamos a su zona residencial. Un montón de bloques de cemento, grises y feos, que parecían las típicas construcciones de la antigua URSS. Sin embargo, todo lo que tienen de austeridad cambia en el interior. Son pisos acogedores, calentitos, funcionales, aunque su precio es abusivo: 680 euros al mes por una cocina, un baño diminuto y un dormitorio-salón.


Suecia provoca una sensación extraña. Es como tomarse una tónica, al principio saboreas el dulzor y al final siempre te inunda un regusto amargo: casas acogedoras, alquiler caro; barrios deprimentes, bosques con lagos llenos de patos; tías impresionantes, no te comes un rosco y como me toques te doy una hostia. Este país es una putada.








lunes 12 de octubre de 2009

Viaje a Orebro, Suecia (IV)


¡A madrugar amigos! A las ocho de la mañana el grupo rockero Urban Dux comienza su jornada laboral. Para esa hora deben presentarse duchados, peinados, desayunandos y sonrientes. Qué bello es el mundo de la música. Aquellos que piensen que los músicos llevan una vida de fiestas y mujeres hermosas alrededor están muy equivocados. La existencia de un músico es atroz, con puntuales momentos de felicidad. Las sesiones de grabación son duras, extenuantes; los viajes en furgoneta, penosos; las condiciones de las salas, lamentables. En fin, un frenesí de felicidad.

La cuestión es que puse en práctica mis artes dramáticas para dormir un poco más. A las once salté de la litera e hice tiempo hasta la hora de comer. El sueco, al que a partir de ahora llamaremos Óscar, es un consumado maestro de los fogones. Cocinó una pasta con verduras suculenta. Así, tras engordar un poco más, fuímos a dar un paseo por la ciudad.

Desde el estudio al centro de Orebro tardamos 15 minutos en coche. Un paseo bucólico entre frondosos bosques de pino y casitas de madera con jardín. La verdad, es que estas carreteras del interior de Suecia recuerdan a los paisajes de la Norteamérica profunda: almacenes abandonados, vías de tren comidas por la hierba, viejas farolas inclinadas por el viento, caminos de tierra que se pierden en el horizonte... La belleza de la desolación, del abandono, de aquello que brilló en otros tiempos y hoy se mantiene por pura inercia.

Cuando entramos en Orebro me sorprendió la paz, era como un pueblo en plena hora de la siesta. Y resulta extraño, porque aquí viven algo más de 130.000 habitantes y es la séptima ciudad más grande de Suecia, según cuentan en su web oficial. Cualquier localidad española con esa población se traduce en barullo y jolgorio asegurado. ¿Qué destacaría entonces? Pues en primer lugar, su llamativo castillo, construido en el siglo XIII. Luego aparece la torre del agua o el hongo, un curioso depósito erigido en 1958 y que tiene 50 metros de altura. También cabe señalar el casco antiguo, en las orillas de río Svartan, repleto de tiendas de artesanía, exposiciones, talleres, etc.

Sin embargo, si algo miman y respetan los suecos son sus parques. Y Orebro no es una excepción. En las zonas verdes, es fácil encontrarse con parejas en bicicleta, niños corriendo, solitarios con su libro debajo del brazo, gente de paseo... Por eso, Óscar y yo aprovechamos para caminar a la sombra de los árboles. Lo malo es que en cuestión de minutos el cielo se desplomó; a los pocos segundos la tierra se transformó en barro, las explanadas se llenaron de charcos y las gente corría como si les persiguiera un oso polar. Suecia tiene esos detalles, pasas de la primavera al invierno en un pestañeo.

En cuanto amainó la tormenta, nos internamos en un café para entonar el cuerpo, como decía mi abuela. Mala idea. Cuatro euros por un capuccino, muy rico, sí, pero cuatro euros. Luego decidimos comer una hamburguesa y, sí, muy rica, pero 12 euros. ¿Pero qué demonios pasa aquí?, ¿pero qué poblacho de pijos es este?, ¿aquí no hay bares para obreros? Amigo, qué ignorante españolito. Venimos del tercer mundo, esto es otro nivel. Es el nivel de los rubiales, de ABBA, de Alfred Nobel, de Björn Borg... ¿Qué somos nosotros sino unos gusanos reprimidos del sur de Europa? Continuará...

domingo 11 de octubre de 2009

Viaje a Orebro, Suecia (III)


El sueco llegó en mi rescate. He aquí un extracto de la conversación:

-Qué pasa tío, saludó el sueco, con un fuerte abrazo de oso.
-Pues ya ves, repliqué yo, sudando como un cerdo en los trenes regionales nórdicos.
-Estos suecos son gentuza, espetó mi amigo.
-Sí, sí, gentuza asquerosa, repondí, y te digo más, este mundo es una mierda.
-¡Hombre!, cómo lo sabes, amigo.

Así, hechos los saludos de rigor, partimos en dirección al estudio de grabación. Un estudio que, en realidad, era un chalet acondicionado para los músicos y su creatividad. Visto desde fuera, era una casita típica sueca, con un techo a dos aguas, listones de madera blancos, ventanitas y mucha vegetación alrededor. El interior constaba de dos plantas. En la de abajo nos recibía un salón ikea, un baño minúsculo, una cocina integrada en el salón y el estudio de grabación (con un control y una pecera). La planta de arriba era un espacio cuartelario con literas y dos habitaciones. Por cierto, sólo tenía una ventana que no se podía abrir. Es fácil imaginar el zoo que se montó a los pocos días de convivencia varonil.

Al poco de llegar me contaron cómo funcionaba el trabajo: a las ocho de la mañana en pie para entrar a grabar, es decir, que tocaban diana a las siete. Yo quedé estupefacto, pero en seguida tramé una estrategia para dormir más que los demás: sufrir dolores de estómago o un jet lag anormal. Las jornadas terminaban a las cinco de la tarde, que es cuando el productor regresaba a su hogar con su esposa. El resto del día era para beber, comer, ver la tele, hablar, pasear, gruñir, cag...bueno, dejémoslo ahí.

La verdad, es que cualquiera que lea estas líneas pensará que esto no es la descripción de un viaje, y es cierto, porque es una mezcla de viaje y experiencia musical. Yo fuí a Orebro para alejarme de mis rutinas diarias, pero también para colaborar en un disco. Aunque llevaba más de seis meses sin cantar una sola nota, estaba dispuesto a darlo todo.

Con la llegada de las estrellas al firmamento, Santiago, un amigo mexicano que pernoctaba en la casa sin que lo supiera el productor, consideró que una barbacoa bajo la luz de la luna sería un buen comienzo. Y vaya si lo fue, nos pasamos con el chorizo, la carne de vacuno, las salchichas, sí, una dieta no apta para los adictos al programa Saber Vivir. Por un momento, parecíamos los leones de Tsavo (Kenia) devorando a los empleados del ferrocarril.

Ah, ¿qué no conocéis la historia de los leones de Tsavo? Bueno hombre, eso no es problema. Lo bueno de escribir en un blog que nadie lee, es que puedes contar cosas que sólo te interesen a tí, sí, me importa muy poco si viene a cuento o no. Bueno, la cuestión es que en 1898, en el parque nacional de Tsavo, Kenia, los ingleses decidieron instalar una vía férrea, con la intención de enviar tropas con rapidez a sus colonias. En 1896 unos 300 peones indios, coolies, desembarcaron en Mombasa. En noviembre de 1989 ya eran 13.000. La obra marchaba a buen ritmo, pese a las enfermedades (malaria, cólera, tifus, escorbuto...) y la dificultad del terreno. Tuvieron que aparecer dos leones para que los trabajos estuvieran a punto de colapsarse.

En total, las fieras se merendaron a 140 peones. Tuvo que ser el coronel J. H. Patterson el que acabara con la masacre, no sin antes sufrir lo indecible para darles caza. Los campamentos de los trabajadores estaban muy dispersos y los leones atacaban cada noche en un punto diferente, siempre adelantándose a los movimientos del cazador. No les detenían ni las empalizadas, ni los cercados de espinos, ni las hogueras ni los disparos al aire. Eran fantasmas de la noche. De esta historia, hay una descripición muy buena en El sueño de África, de Javier Reverte, y en Los fantasmas de Tsavo, de Philip Caputo.

Pero volvamos a Orebro. Tras la cena leonina, Santiago, El sueco y yo, fuimos a dar un paseo por el bosque. Una caminata llena de encanto, pero con su parte oscura. Resulta que, como en Tsavo, en estos bellos parajes habitan bestias asesinas de hombres. Una de ellas es el oso pardo europeo o Ursus arctos (¿alguien entiende los nombres científicos?), un plantígrado que puede llegar a medir 2,95 metros de altura y pesar más de 600 kilos. Y como siempre pasa, a medida que nos internábamos en la espesura, la conversación se centró en los ataques de osos a seres humanos y demás lindezas. Pues eso, para disfrutar del paisaje.

Yo ya iba mirando entre los árboles esperando ver unos dientes afilados dispuestos a desgarrarme en cada rincón, pero aun así, seguimos adelante. Y claro, Santiago sintió que tenía que echar más leña a la conversación, para darle emoción al asunto; entonces pasó, habló del monstruo más inmundo que pueda uno encontrarse jamás, habló de la garrapata asesina.

-Pero qué coño es eso de la garrapata asesina, increpé yo.
-Bueno, se explicó Santiago, no es que sea asesina a sueldo de otras garrapatas sino que vive de chupar sangre.
-Ah, qué bonito, dije yo.
-Sí, eso es lo más bonito, soltó el sueco.
-Pero eso no es lo peor, siguió nuestro mexicano.
-Ah, ¿no?
-No amigo, lo peor es que si te muerde una de estas cabronas te provoca una infección, y lo normal es que te llegue al cerebro. Y una de dos: te quedas tonto de por vida...
-¿Y la otra?, increpé yo, continúa ¡por dios!
-Pues que te mueres ¡carajo!
-Vale, muy bien, y ¿dónde veranean esas capullas?, insistí.
-Joder, pues en sitios como los que estamos pisando ahorita mismo -estábamos en un claro del bosque-, así que más vale no llevar pantalones cortos cuando caminas por aquí.
-¡Me cago en la puta!, grité a la vez que salía dando saltos hacia el camino.

Sí, me acojoné, lo reconozco. Ya no me gustaba ni el paisaje ni los árboles ni nada, quería salir de allí a toda costa. Cuando cruzamos la carretera en direción al estudio me sentí aliviado. Este era el panorama, una semana de estudio sin poder pasear tranquilo asustado por un bichejo invisible. Debía encontrar una solución, y rápido. Continuará...

miércoles 16 de septiembre de 2009

Manual de supervivencia en el metro


Si usted vive en una ciudad como Madrid, y está obligado a coger el metro para desplazarse hasta su lugar de trabajo, lea con atención las siguientes instrucciones:


Muchos de los horarios laborales de los habitantes de Madrid coinciden, y esto provoca aglomeraciones en los andenes del metro. Evitar que el viaje sea una tortura es cuestión de saber colocarse en el lugar oportuno y en el momento adecuado. La misión principal es encontrar un asiento libre o al menos una zona más desahogada dentro del vagón del tren. Ello depende de nuestra buena colocación en el andén y nuestra rapidez para entrar en la estancia.


El primer paso consiste en averiguar qué vagones están menos saturados. Si sabemos donde se ubican las entradas de las estaciones anteriores, sabremos también donde se agolpa más gente: lo normal es que los vagones que quedan cerca de los accesos al andén vayan más llenos, pues recogen a los rezagados y a los que llevan prisa. Una vez que averiguamos esto, el siguiente paso es la colocación.


Ya conocemos el vagón que tiene más espacio; ahora es necesario memorizar dónde queda la puerta para acceder a su interior. Podemos usar algunas referencias para no olvidar nuestro sitio: una papelera, un cartel publicitario, una mancha en el suelo… La cuestión radica en recordar nuestro objetivo.


En algunas ocasiones no podremos tomar posesión de nuestra plaza, pues el andén estará lleno de gente. En ese caso, debemos acercarnos lo más cerca posible de nuestro lugar de embarque y, con delicadeza, avanzar entre las personas como si se nos hubiera caído alguna cosa de valor a las vías. Una vez constatado que nuestro querido objeto no se halla entre los raíles, ya estaremos en la primera fila y nadie podrá movernos.


El tercer paso comienza cuando el tren ya ha llegado a la estación. Es el momento de mayor tensión: habrá empujones, insultos, pisotones, etc. Una buena forma de ganar espacio es llevar una bolsa de deporte colgada del hombro. Con la bolsa como parapeto, se puede empujar de forma disimulada para evitar que nos tomen la delantera o que nos quiten un asiento. Lo ideal es que la punta de nuestra nariz quede enfrentada con la línea de apertura de puertas del vagón. Eso querrá decir que seremos los primeros en entrar.


El cuarto paso se desarrolla dentro del vagón. Si entramos los primeros debemos mirar con rapidez a ambos lados para localizar un asiento libre. Si no queda ninguno, lo mejor es dirigirse al espacio que queda entre los dos vagones (la gente no suele ocupar esta zona por su continuo zarandeo) o buscar un apoyo en la pared para descansar la espalda y, al menos, poder leer de pie sin molestar a los demás.


En resumen, para acceder al metro en hora punta sólo hay que seguir cuatro pautas básicas:

1- Saber qué vagones llevan menos gente.

2- Situarse en el lugar correcto (enfrente de la puerta).

3- Ganar espacio entre la muchedumbre.

4- Actuar con rapidez a la hora de buscar asiento o sitio dentro del vagón.
Estas instrucciones (que a muchos les parecerán una memez) es un ejercicio de escritura muy útil. Describir una situación y transformarla en un folleto cuasi-industrial, obliga al que escribe a un cambio de registro. Además, sólo cuando uno empieza a teclear y a pensar en las palabras cae en la cuenta de lo complicado que resulta. A fin de cuentas sirve para soltarse, para rebanarse los sesos en busca de lógica, para plasmar una estructura coherente y para divertirse.
No busco lectores interesados en estos temas tan superficiales, pero ahora que he repasado el texto, respiro y digo: "Coño, pues no está tan mal. La verdad es que si hago caso a lo que he vomitado en este triste blog mis trayectos en el suburbano pueden ser menos traumáticos".
Pues eso, feliz supervivencia.

martes 15 de septiembre de 2009

Apartheid alienígena


Todo lo que produce Peter Jackson se convierte en oro. Hasta ahora, nadie había reparado en Neill Blomkamp, pero el director de El señor de los anillos tuvo una corazonada con este creador de publicidad, al que todos recordarán por ser capaz de convertir un citröen en un transformer bailongo. En su primer salto a la gran pantalla acaba de dejar una de las sorpresas del año: Distrito 9. Una original película de ciencia ficción que en Estados Unidos ha recaudado en tres días más de 37 millones de dólares.


¿Dónde está el truco? Pues en el enfoque. Hasta ahora, el cine mostraba la crueldad de unos extraterrestres invasores (Independence Day) o de seres verdes con buen corazón (E.T, Encuentros en la tercera fase), pero en la cinta de Blomkamp descubrimos a unos alienígenas a los que su nave dejó tirados en el peor sitio posible: Sudáfrica. Allí sufren una discriminación, en un claro paralelismo con el Aparheid, solo por ser diferentes y terminan como era de esperar, confinados en un gueto.


La trama no deja respirar al espectador, con un ritmo trepidante y unos efectos especiales muy logrados. Además, cuenta con una dosis de realismo que la hace más cercana a la actualidad. Está rodada como una mezcla de documental, con declaraciones de expertos a cámara fija, y aderezada con el devenir del protagonista, Sharlto Copley, un rostro desconocido que borda su papel como brazo ejecutor de la ley y el orden, al que el destino juega una mala pasada y le sumerge en un dilema moral.


Dilemas como el racismo, esa rara pulsión humana de sentirse superior a otros por el aspecto exterior; dilemas como la falta de empatía, esa carencia que nos impide entender lo que sienten los otros. Se sacan muchas lecturas, abundantes imágenes y lo mejor de todo: que el final del largometraje enseña de forma clara que habrá una segunda parte. Esperaremos ansiosos la continuación de este emocionante y oscuro Aparheid alienígena.

domingo 6 de septiembre de 2009

Viaje a Orebro, Suecia (II)


Dormir en un banco del aeropuerto es una dura prueba para el cuerpo. Uno se puede trasladar con la imaginación a su casa, a su habitación, a su acogedora cama y a ratos se consigue la ilusión, pese a que la mochila no es una almohada y el apoyabrazos del asiento no es un somier. Además, cada 20 minutos el sueño se evapora con las llamadas de atención por megafonía: "Recuerden que está prohibido fumar en todo el aeropuerto, para ello, existen puntos para fumadores". Así que lo que se dice dormir, no dormí nada.

Pero llegó la hora de embarcar. Localicé mi asiento y me dispuse a mirar por la ventanilla. Siempre pido lugares con visión, para bien o para mal. Y digo esto porque cada vez que subo a un avión pienso en lo peor e intento imaginar lo que se debe sentir cuando un motor explota en pleno vuelo o algo falla. Las mascarillas desplomándose desde el techo en un rápel vertiginoso, la gente gritando, las maletas abriéndose camino entre las cabezas de los pasajeros, y yo ahí, con el cinturón apretado -como si eso sirviera de algo- y esperando el momento en que todo estalle en mil pedazos, sentir el dolor, un instante, el impacto brutal, y antes de eso, mirar la cara del compañero de asiento para ver el pánico en sus ojos. Sí, es lo que hago, ideal para viajar tranquilo.

No sucedió nada de eso y aterrizamos en Amsterdam en dos horas y media. Es más, el trayecto fue una mezcla entre el sopor por la falta de sueño y el aburrimiento por la carencia de turbulencias, cero emoción. Una vez en la terminal localicé mi puerta de embarque con destino Goteborg y me dediqué a la comtemplación de seres humanos. Porque un aeropuerto es un micromundo, un universo del hombre a escala reducida. Gentes de origen muy diverso se agolpan en un espacio aséptico de pasillos interminables y tiendas de ropa, souvenirs...El juego consiste en saber quién es quién e intentar adivinar a qué se dedica ese cuarentón bien parecido, con pantalones de explorador, zapatillas deporte y un maletín de cuero negro, o esa pareja de enamorados, rubios y guapos, con unas mochilas enormes y una ropa andrajosa.

Ya en Gotemburgo, cambié euros por coronas suecas, subí a un autobús y arribé en la estación de trenes en 25 minutos. Descubrí, para sorpresa mía, que mi infame chapurreo en la lengua de Shakespeare me servía para conseguir cosas: un café, una dirección, un billete de tren, etc. De este modo, me arellané en un viejo asiento del tren con destino Orebro, dispuesto a deleitarme con el paisaje de bosques y lagos. El recorrido duró dos horas y media, en las cuales sufrí un calor espantoso. No sé qué le ocurría al dichoso tren, pero el clima dentro de lo vagones era irrespirable; sin embargo, yo miraba a los suecos y no sudaban -esta gente anhela el calor tanto como los inuit adoran el hielo-, increíble. Cuando ya estaba a punto de gratinarme la locomotora entró en la estación de Orebro. Salí, repiré aliviado, con la camiseta empapada, los pantalones adheridos a mis piernas, el pelo sucio y unas ojeras negras como una cueva. Pero allí estaba. Me dispuse a telefonear al sueco para que viniera a rescatarme. (Continuará)

domingo 30 de agosto de 2009

Procrastinación


¿Alguién ha oido hablar de la procrastinación? Suena a una mezcla entre procrear y castración. Qué palabra más rara. Pero resulta que muchos de nosotros procrastinamos día tras día. Según la definición de la RAE, procastinar significa diferir, aplazar. Y si echamos una ojeada a la Wikipedia la cosa se aclara más todavía: es la acción (o hábito) de postergar actividades o situaciones que uno debe atender, por otras situaciones más irrelevantes y agradables. Esto ya resulta más familiar.

Pues en esas estoy yo ahora, procrastinando como un bellaco. Debo terminar un trabajo para la revista, pero como es una tarea algo tediosa, me he dedicado a escribir en el blog, que sin duda es una labor irrelevante, pero mucho más agradable. Así, no sé cuántas cosas más he postergado y luego vienen las prisas, tan malas ellas. Supongo que los españoles somos especialistas en estas lides, dejamos todo para el final, somos adictos al estrés.

Pero puestos a buscar excusas, nos podemos refugiar, por ejemplo, en las condiciones climáticas. Aquí disfrutamos de muchas horas de sol al día, por ello, resulta complicado estudiar en casa mientras los gorriones trinan en el parque o tus amigos toman unas cañas en una terraza. El buen tiempo anima a salir, aunque sea para contemplar como la viejecita del quinto pasea a su perrito Fifí.

También se asoma el asunto de la presión. Hay personas a las que les gusta, incluso lo buscan con ahínco. Recuerdo ahora a una compañera de facultad que siempre me decía: "No estudies mucho, disfruta de la vida". A lo que yo respondía: "Pero si quedan dos días para el examen, ahora es cuando debemos darle caña". Su respuesta me dejó pasmado: "Mira, yo siempre estudio el último día, aunque sea me tomo una jarra de café y me quedo sin dormir toda la noche". Lo curioso es que se licenció y en algunas asignaturas con buena nota. Acojonante.

Ojalá existiera una pastilla para mejorar la capacidad de concentración, así podríamos procrastinar sin temor a que nos pillase el toro. El pasado domingo, viendo a mi querido Punset en su programa Redes, se planteó una cuestión interesante: ¿cuánto pagarías por una pastilla que te hiciera más inteligente? Punset lo tenía claro: "Posiblemente más que por un iPhone". Pues bien, yo abonaría mi sueldo de un año entero. ¿Para qué? Pues para procrastinar a gusto, para demorar las tareas más engorrosas, para vivir feliz viendo películas, Perdidos, comer sin prisas, no madrugar...tantas cosas bellas.