
¡A madrugar amigos! A las ocho de la mañana el grupo rockero Urban Dux comienza su jornada laboral. Para esa hora deben presentarse duchados, peinados, desayunandos y sonrientes. Qué bello es el mundo de la música. Aquellos que piensen que los músicos llevan una vida de fiestas y mujeres hermosas alrededor están muy equivocados. La existencia de un músico es atroz, con puntuales momentos de felicidad. Las sesiones de grabación son duras, extenuantes; los viajes en furgoneta, penosos; las condiciones de las salas, lamentables. En fin, un frenesí de felicidad.
La cuestión es que puse en práctica mis artes dramáticas para dormir un poco más. A las once salté de la litera e hice tiempo hasta la hora de comer. El sueco, al que a partir de ahora llamaremos Óscar, es un consumado maestro de los fogones. Cocinó una pasta con verduras suculenta. Así, tras engordar un poco más, fuímos a dar un paseo por la ciudad.
Desde el estudio al centro de Orebro tardamos 15 minutos en coche. Un paseo bucólico entre frondosos bosques de pino y casitas de madera con jardín. La verdad, es que estas carreteras del interior de Suecia recuerdan a los paisajes de la Norteamérica profunda: almacenes abandonados, vías de tren comidas por la hierba, viejas farolas inclinadas por el viento, caminos de tierra que se pierden en el horizonte... La belleza de la desolación, del abandono, de aquello que brilló en otros tiempos y hoy se mantiene por pura inercia.
Cuando entramos en Orebro me sorprendió la paz, era como un pueblo en plena hora de la siesta. Y resulta extraño, porque aquí viven algo más de 130.000 habitantes y es la séptima ciudad más grande de Suecia, según cuentan en su web oficial. Cualquier localidad española con esa población se traduce en barullo y jolgorio asegurado. ¿Qué destacaría entonces? Pues en primer lugar, su llamativo castillo, construido en el siglo XIII. Luego aparece la torre del agua o el hongo, un curioso depósito erigido en 1958 y que tiene 50 metros de altura. También cabe señalar el casco antiguo, en las orillas de río Svartan, repleto de tiendas de artesanía, exposiciones, talleres, etc.
Sin embargo, si algo miman y respetan los suecos son sus parques. Y Orebro no es una excepción. En las zonas verdes, es fácil encontrarse con parejas en bicicleta, niños corriendo, solitarios con su libro debajo del brazo, gente de paseo... Por eso, Óscar y yo aprovechamos para caminar a la sombra de los árboles. Lo malo es que en cuestión de minutos el cielo se desplomó; a los pocos segundos la tierra se transformó en barro, las explanadas se llenaron de charcos y las gente corría como si les persiguiera un oso polar. Suecia tiene esos detalles, pasas de la primavera al invierno en un pestañeo.
En cuanto amainó la tormenta, nos internamos en un café para entonar el cuerpo, como decía mi abuela. Mala idea. Cuatro euros por un capuccino, muy rico, sí, pero cuatro euros. Luego decidimos comer una hamburguesa y, sí, muy rica, pero 12 euros. ¿Pero qué demonios pasa aquí?, ¿pero qué poblacho de pijos es este?, ¿aquí no hay bares para obreros? Amigo, qué ignorante españolito. Venimos del tercer mundo, esto es otro nivel. Es el nivel de los rubiales, de ABBA, de Alfred Nobel, de Björn Borg... ¿Qué somos nosotros sino unos gusanos reprimidos del sur de Europa? Continuará...
La cuestión es que puse en práctica mis artes dramáticas para dormir un poco más. A las once salté de la litera e hice tiempo hasta la hora de comer. El sueco, al que a partir de ahora llamaremos Óscar, es un consumado maestro de los fogones. Cocinó una pasta con verduras suculenta. Así, tras engordar un poco más, fuímos a dar un paseo por la ciudad.
Desde el estudio al centro de Orebro tardamos 15 minutos en coche. Un paseo bucólico entre frondosos bosques de pino y casitas de madera con jardín. La verdad, es que estas carreteras del interior de Suecia recuerdan a los paisajes de la Norteamérica profunda: almacenes abandonados, vías de tren comidas por la hierba, viejas farolas inclinadas por el viento, caminos de tierra que se pierden en el horizonte... La belleza de la desolación, del abandono, de aquello que brilló en otros tiempos y hoy se mantiene por pura inercia.
Cuando entramos en Orebro me sorprendió la paz, era como un pueblo en plena hora de la siesta. Y resulta extraño, porque aquí viven algo más de 130.000 habitantes y es la séptima ciudad más grande de Suecia, según cuentan en su web oficial. Cualquier localidad española con esa población se traduce en barullo y jolgorio asegurado. ¿Qué destacaría entonces? Pues en primer lugar, su llamativo castillo, construido en el siglo XIII. Luego aparece la torre del agua o el hongo, un curioso depósito erigido en 1958 y que tiene 50 metros de altura. También cabe señalar el casco antiguo, en las orillas de río Svartan, repleto de tiendas de artesanía, exposiciones, talleres, etc.
Sin embargo, si algo miman y respetan los suecos son sus parques. Y Orebro no es una excepción. En las zonas verdes, es fácil encontrarse con parejas en bicicleta, niños corriendo, solitarios con su libro debajo del brazo, gente de paseo... Por eso, Óscar y yo aprovechamos para caminar a la sombra de los árboles. Lo malo es que en cuestión de minutos el cielo se desplomó; a los pocos segundos la tierra se transformó en barro, las explanadas se llenaron de charcos y las gente corría como si les persiguiera un oso polar. Suecia tiene esos detalles, pasas de la primavera al invierno en un pestañeo.
En cuanto amainó la tormenta, nos internamos en un café para entonar el cuerpo, como decía mi abuela. Mala idea. Cuatro euros por un capuccino, muy rico, sí, pero cuatro euros. Luego decidimos comer una hamburguesa y, sí, muy rica, pero 12 euros. ¿Pero qué demonios pasa aquí?, ¿pero qué poblacho de pijos es este?, ¿aquí no hay bares para obreros? Amigo, qué ignorante españolito. Venimos del tercer mundo, esto es otro nivel. Es el nivel de los rubiales, de ABBA, de Alfred Nobel, de Björn Borg... ¿Qué somos nosotros sino unos gusanos reprimidos del sur de Europa? Continuará...




